Historias del Temblor – Me gusta trabajar para no depender de nadie: Lucenia Morales Carrasco

Por Genaro Cruz

  • “Ser panadera es un orgullo para mí, es la herencia de mi suegra”

– “Tengo 33 años y trabajo desde los 10 años, me gusta comprarme mis cosas. El temblor me dejó sin horno para seguir trabajando, empeñé y pedí prestado para levantar de nuevo mi principal herramienta de trabajo”.

Para Lucenia Morales Carrasco levantarse a las cinco de la mañana e iniciar con los preparativos de su pequeña panadería “La Chaparra de Oro” es un gran sacrificio, pero tiene su recompensa. Madre de tres hijas. Todas estudiando, una de ellas secundaria y dos más en preparatoria.

– “Tengo la bendición de haber trabajado con mis papás desde los 10 años. Nada me limita a trabajar y más ahora que mi suegra na’ Mine me enseñó este oficio de ser orgullosamente panadera”.

– “Soy originaria de Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, vecina de la primera sección, actualmente vivo en la Octava Sección Cheguigo. Aquí trabajo. A veces sola, a veces con la ayuda de mis hijas y de mi esposo, quien trabaja por Matías Romero”.

– “Un día antes de iniciar con mi quehacer, salgo a comprar mi harina, huevos, manteca y leña para todo esto. En una sola horneada me gasto mil pesos. De aquí tengo que sacar para trabajar al otro día. Desde temprano dejo reposando mi harina para que, después de preparar el desayuno de mis hijas y mi esposo, empiece a amasar toda la harina, me llevo hasta dos horas normalmente”.

Morales Carrasco es una mujer que se siente agradecida con la vida por permitirle seguir trabajando, ya que la pérdida de un riñón la mantuvo cerca de un año sin trabajar, y cuando inició de nuevo con su panadería, el terremoto de 8.2 ocurrido el pasado 7 de septiembre de 2017 la dejó prácticamente con los brazos cruzados, pues su horno había sufrido graves daños.

Debido a la situación, Lucenia echó mano de sus últimas prendas de oro que tenía desde su boda con su esposo Aron. No le quedó otra alternativa más que salir a empeñar y pedir prestado para que de nueva cuenta “el Negro”, como ella le llama a su pequeño horno artesanal, volviera a funcionar.

– “Ninguna autoridad nos vino a visitar, es una vil mentira todo lo que este gobierno de Peña Nieto dice en la tele, mi horno lo construí con mis propias manos, con la ayuda de mis hijas y mi esposo. Recibí el apoyo de mis vecinos, pero de los gobiernos nunca, ellos solo pensaron en su familia mientras que las que de verdad trabajamos nos dejaron en la calle”.

– “Mi trabajo no tiene horario, aquí recibo desde las primeras horas del día a la gente que quiere hornear algún platillo o botanas para sus fiestas. Este horno es una bendición, por eso no me importó empeñar y pedir prestado para seguir trabajando”.

– “Aunque solo me funcione un riñón aquí voy a seguir. No tengo estudios, pero sí dos manos que pueden trabajar mejor que las de un hombre. Aquí la leña se raja con hacha. El horno alcanza una temperatura muy alta que no me permite tocar agua en toda la noche. Me siento orgullosa de que de la gente me compre mi pan. Salgo todas las tardes a vender, ya que no me puedo dar el lujo de contratar personal para salir a vender lo que con mucho esfuerzo hago”.

– “Mi hija mayor quiere ser doctora, y me va tocar trabajar más duro todavía, así que no tengo descanso. Esta es la mejor herencia que le puedo dejar a mis hijas: mi trabajo y mi esfuerzo”.

– “Sé que la vida cada día es más difícil de sobrevivir, pero es más difícil quedarnos con los brazos cruzados y no intentar salir adelante trabajando como dios manda. Espero que ahora que va a gobernar Andrés Manuel López Obrador, la cosa sea más pareja. También en mi municipio nos va gobernar un vecino, Emilio Montero de la octava sección Cheguigo. Ojalá y todo esto nos lleve a tener otra forma de ver la vida, mientras aquí voy a seguir con mi panadería.

– “Espero que en esta fecha de día de muertos nos toque más trabajo y más bendiciones como hasta ahora hemos tenido la suerte de seguir vivos después del terremoto”.

Para concluir esta historia, Lucenia salió empujando su triciclo, donde subió cestos hechos de carrizo, para llevar a vender el pan calientito. Así como ella, existen muchas mujeres que trabajan duro para sobrevivir y tener la esperanza que sus hijas logren lo que ellas no pudieron hacer o simplemente la vida no se los permitió.

 

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